Miradores en el Montrebei

Un trabajo que se distingue por su extrema contención y respeto a un enclave de gran belleza natural. Se trataba de diseñar unos simples y toscos bancos para que contribuyan a mejorar la experiencia paisajística de un lugar singular y abrupto. Es lo que ocurre con esta propuesta desarrollada en 2001 por el arquitecto Prudenci Español para los desfiladeros calcáreos de Montrebei por los que discurre el río Noguera.

El proyecto realizado consistió en situar estratégicamente unos miradores a lo largo del sendero que discurre paralelo al curso del río incrustado en la vertical de piedra disgregada del congosto.

Los miradores se definen con unas piezas muy simples a modo de bancos que se construirían en acero y madera.  Con esta simple estrategia se van definiendo unas perspectivas privilegiadas a lo largo del recorrido a las que el caminante ocasional puede atender y disfrutar haciendo una pausa para el descanso y la contemplación. El proyectista establece y matiza cada punto con unas pautas geométricas diferenciadas que mantienen una unidad de concepto y forma en base a unos recursos constructivos estrictamente limitados.

En esta predisposición de respeto el borde del camino adquiere un valor privilegiado en el que las piezas añadidas adquieren un especial carácter escultórico en diálogo con el entorno natural. Así, se logra una recreación estética en relación al sitio que se conforma por la sensación de abismo, de estar al borde, en la que ese ligero límite frente al vacio nos pone en evidencia la fragilidad de la existencia. Son unos bancos que callan para que hable la percepción romántica de lo natural.Es un hecho intelectual que ya nos había explicado Martin Heidegger cuando nos describe el lugar del puente en su texto seminal, Construir, habitar, pensar:

El puente se tiende «ligero y fuerte» por encima de la corriente. No junta sólo dos orillas ya existentes. Es pasando por el puente como aparecen las orillas en tanto que orillas. El puente es propiamente lo que deja que una yazga frente a la otra. Es por el puente por el cual el otro lado se opone al primero. Las orillas tampoco discurren a lo largo de la corriente como franjas fronterizas indiferentes de la tierra firme. El puente, con las orillas, le aporta a la corriente las dos extensiones de paisaje que se encuentran detrás de estas orillas. Lleva la corriente, las orillas y la tierra a una vecindad recíproca. El puente coliga la tierra como paisaje en torno a la corriente. De este modo conduce a ésta por las riberas. Los pilares del puente, que descansan en el lecho del río, aguantan la presión de los arcos que dejan seguir su camino a las aguas de la corriente. Tanto si las aguas avanzan tranquilas y alegres, como si las lluvias del cielo, en las tormentas o en el deshielo, se precipitan en olas furiosas contra los arcos, el puente está preparado para los tiempos del cielo y la esencia voluble de estos tiempos. Incluso allí donde el puente cubre el río, el puente mantiene la corriente dirigida al cielo, recibiéndola por unos momentos en el vano de sus arcos y soltándola de nuevo.

El puente deja a la corriente su curso y al mismo tiempo garantiza a los mortales su camino, para que vayan de un país a otro, a pie, en tren o en coche. Los puentes conducen de distintas maneras. El puente del poblado lleva del recinto del castillo a la plaza de la catedral. El puente de la cabeza de distrito, atravesando el río, lleva a los coches y las caballerías enganchadas a ellos a los pueblos de los alrededores. El viejo puente de piedra que, casi sin hacerse notar, cruza el pequeño riachuelo es el camino por el que pasa el carro de la cosecha, desde los campos al pueblo; lleva a la carreta de madera desde el sendero a la carretera. El puente que atraviesa la autopista está conectado a la red de rutas de larga distancia; una red establecida según cálculos y que debe lograr la mayor velocidad posible. Siempre, y cada vez de un modo distinto, el puente acompaña de un lado para otro los caminos vacilantes y apresurados de los hombres, para que lleguen a las otras orillas y finalmente, como mortales, lleguen al otro lado. El puente, en arcos pequeños o grandes, atraviesa río y barranco — tanto si los mortales prestan atención a lo superador del camino por él abierto como si se olvidan de él — para que, siempre, ya de camino hacia el último puente, en el fondo aspiren a superar lo que les es habitual y aciago, y de este modo se pongan ante la salvación de lo divino. El puente reúne, como el paso que se lanza al otro lado, conduciendo ante los divinos. Tanto si la presencia de éstos está considerada de propio y agradecida de un modo visible, en la figura del santo del puente, como si queda ignorada o incluso arrumbada.

El puente enlaza según su manera junto a sí, tierra y cielo; los divinos y los mortales.

Más Información: Flotar en el precipicio. 8 miradores en el desfiladero del Montrebei. Fundación Arquia Próxima

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