Las cajas de Jiménez Torrecillas

Perspectiva  de la catedral de Granada desde el Centro José Guerrero. Jiménez Torrecillas, 2002 

Antonio es un arquitecto granadino que mantiene una mirada divergente y admirativa. Por un lado, trata de reconocer las cualidades constructivas de los edificios más humildes de su entorno para extraer elementos compositivos y formas con los que operar e introducir una nueva arquitectura que sea dialogante con el patrimonio heredado. Por otra parte, parece tener una predisposición a observar con admiración algunas ideas artísticas brillantes del mundo contemporáneo como una forma de ejercer un personal cosmopolitismo desde la provincia.
Como el mismo ha señalado: Vivo en el mundo pero cada noche duermo en Granada.

Vista aérea del centro de la ciudad de Granada. A la izquierda entre las cubiertas tradicionales, el Centro José Guerero

Plantas del Centro José Guerrero. Jiménez Torrecillas, 2002 

Conoceríamos a este arquitecto por su intervención de 2002 para ubicar el Centro José Guerrero en un edificio antiguo del centro de la ciudad próximo a su inmensa catedral. Ese trabajo parte del reconocimiento de las cualidades geométricas del edificio preexistente, en el que lo más valioso son las fachadas ritmadas de ladrillo, construidas sobre un zócalo de piedra.

Sobre esta cascara constructiva anterior que forma la piel del edificio, se recupera una malla metálica de columnas de hierro fundido y forjados de madera, que va a constituir el soporte estructural que ordenará los espacios que se definen para cada planta. Ese sistema constructivo heredado establece una geometría muy precisa que se adapta a las directrices definidas por las fachadas existentes. El planteamiento compositivo del proyecto toma como referencia ese rigor geométrico estricto para intervenir con naturalidad y libertad en la inserción de los espacios más convenientes al nuevo uso que se pretende dar al edificio. No obstante, pretende ser respetuoso en cierta medida con el edificio de carácter neohistórico en el que la arquitectura va a trabajar.

Esa pauta compositiva impuesta permite la introducción de sucesivas cajas centrales que se van reconfigurando en altura para definir los recintos expositivos concretos y precisos. Como contrapunto la arquitectura se organiza con un deambulatorio perimetral en el que se sitúan las escaleras y el ascensor que comunica todas las alturas, siguiendo la idea kahniana de establecer una diferencia neta entre espacios servidores y servidos.

Así para cada planta se adopta una configuración distinta en las cajas centrales que definen los espacios adecuados para la exhibición de la obra colorista del pintor José Guerrero. Esas presencias cúbicas, inmaculadamente blancas acaban por emerger al exterior en su última planta en la que se establece un ático de volumetría absolutamente discordante con las cubiertas habituales presentes en este magnífico centro histórico. Con ello, se denota de alguna forma el carácter dotacional y la voluntad monumental del pequeño edificio frente a las potentes preexistencias tradicionales.

Todo el sistema del recorrido ascendente interior acaba en una sala que presenta limpiamente la catedral de la ciudad tras un largo paño de cristal que no evidencia su carpintería de soporte. Se instaura así una relación de contraste sugerente entre el nuevo museo y las características cubiertas de teja árabe de ese entorno presidido por la imponente mole de la Catedral.

Otra propuesta curiosa en su simplicidad de planteamiento es la reconstrucción de un tramo de la muralla nazarí próxima al barrio del Albaicín que proyectaría en el año 2002. La intención aquí se enfocaba a lograr la reproducción de un lienzo desaparecido de aquella construcción y, para ello, Torrecillas recurriría nuevamente a la estrategia de insertar un volumen visitable que restituye esa configuración de límite que es la razón de ser de la barrera defensiva.

Su idea se basa en la generación de dos paredes pétreas paralelas, cuyas perforaciones permiten la entrada de luz a una ranura que recorre el tramo restituido. La propuesta realizada trata de establecer un diálogo fructífero con los restos materiales heredados, recurriendo a una leve separación entre los gruesos muros existentes y el largo pasillo-edificio así realizado. El resultado es un espacio interior angosto y punteado por la luz que nos sirve de metáfora del transcurso del tiempo. Mientras, en el exterior, hacia el paisaje se restituye eficazmente la percepción de la imagen completa de la forma histórica amurallada.

Espacios interiores de la tienda Dal Bat Showroom


En la adaptación de un bajo para la tienda Dal Bat Showroom, el arquitecto construye un pequeño laberinto de cajas de cristal que otorgan un aire surrealista al espacio en planta baja de un edificio tradicional. El espacio se recubre sutilmente con unas estructuras evanescentes que se apoyan de manera tenue sobre el pavimento añadido, al mismo tiempo que se muestran las reminiscencias de un pasado plagado de humildes ejemplos materiales. Esas tabiquerías translucidas añadidas se realizan mediante pliegues que se adaptan a la forma de los volúmenes interiores preexistente. Se produce así un efecto acuoso sobre las pequeñas habitaciones permitiendo percibir sombras y figuras en una fantasmagoría que remite al lenguaje de algunos escultores contemporáneos.

En Dal Bat Showroom, se establece una relación de respeto extremo con la construcción primitiva. Cualquier elemento anterior es rescatado con primor y delicadeza. Tanto las fábricas de ladrillo como los restos de estructuras lígneas insertadas en las fábricas, evidencian el carácter sensualmente matérico de la construcción pretérita. Todas esas preexistencias sirven de marco para la inserción de materiales y sistemas constructivos contemporáneos, interactuando en un diálogo fructífero y enriquecedor al mismo tiempo. El resultado formal es una intersección entre la pobreza de lo anterior y la exactitud del cristal y las cajas translucidas del hoy del arquitecto. Unos efectos de contraste buscados que estimulan el carácter contemporáneo de la intervención junto a la percepción de las sucesivas capas añadidas durante las décadas de historia que ya ha experimentado el edificio.

En 2008, remataría otra nueva obra de restauración con su introducción de un mirador de madera en la llamada Torre del Homenaje, situada en la pequeña localidad granadina de Huescar. Allí se construye una caja estructural de listones verticales de madera que se inserta nuevamente en el interior de la construcción preexistente. Ese cubo, de paredes de origen vegetal y que permiten la visión a su través, forma un pequeño patio cubierto en el que se diseña una abertura central abierta al cielo. Una configuración que recuerda de alguna manera a los recintos generados por el artista de la luz, James Turrell.

Es una propuesta ligera que interactúa desde el contraste para enriquecer inteligentemente un vestigio de un pasado remoto. En el interior de la torre se recupera la construcción en piedra y argamasa, a la que se presenta con una iluminación rasante que revela toda la rugosidad de las fábricas antiguas.

Patio interior insertado en la Torre del Homenaje de Huescar

Ese artificio novedoso, que se añade allí en Huescar, permite al usuario la percepción del recorrido de acceso a la cubierta a través de las transparencias generadas por el sistema constructivo elegido. Es una rampa ascendente, situada entre lo nuevo y lo viejo, que permite llegar a la cubierta donde se despliega un recinto mirador, y que ofrece el disfrute espectacular de la vega de Granada, sobresaliendo por encima de la maciza estructura antigua.

Más recientemente, se le ha encomendado la adaptación de la primera planta del Palacio de Carlos V en la Alhambra para su uso como Museo de Bellas Artes de la ciudad. Sus elementos añadidos buscan una puesta en valor de los admirables pavimentos y artesonados del edificio histórico, generando lienzos sobrepuestos que se diferencian claramente de las fábricas antiguas. La táctica de introducir volúmenes separados que se distinguen mediante ligerísimas hendiduras, permite al mismo tiempo la ubicación de iluminaciones indirectas y el ocultamiento de toda esa parafernalia de instalaciones y señales que pretenden emerger en este tipo de recintos. La sensación final es de una gran sobriedad y limpieza que facilita al visitante poder disfrutar con reposo de las obras de arte allí expuestas.

Una de las salas del reformado Museo de Bellas Artes de Granada en el Palacio de Carlos V de la Alhambra

La admiración por los restos materiales la herencia del pasado que trasluce estos proyectos nos induce a pensar en una ideología afín al llamado Arte Povera como matriz teórica de sus trabajos. Como complemento, el arquitecto granadino establece otra táctica que es destacable, el empleo de sutiles transparencias y veladuras para resaltar aspectos concretos del entorno que se convierten así en elementos que enriquecen notablemente al conjunto.

La arquitectura orientada a la rehabilitación de Jiménez Torrecillas parece remitirnos a aquellos Specific Objects de los que hablaba el minimalista Donald Judd en relación a la tridimensionalidad del arte y el uso de materiales industrializados. La constante generación de cajas cúbicas y volúmenes sobrepuestos que se añaden a lo preexistente es casi su impronta habitual.

Finalmente, el empleo en la obra del arquitecto granadino del blanco, los fluorescentes, cristales y el plexiglás evidencia de alguna manera su reconocimiento a las actitudes desarrolladas por el Minimal Art en los años 60 del siglo XX.

Intervención en la muralla nazarí del Albaicín. Jiménez Torrecillas, 2008
 

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