La poesía del habitar

151128_Amanohashidate_AIRVista de Amanohashi Date.
El famoso Puente de los Cielos, un camino  de pinos plantados sobre una barra costera de arena que está junto a la península de Tango, al norte de la ciudad de Kyoto.

En un mundo dominado por la economía, la basura y el ruido, algunos aspiran todavía a la poesía como un reducto imbatible más allá de las necesidades desde el que recuperar la serenidad creativa y la percepción de lo sagrado.

Como trató Heidegger de explicarnos en una conferencia, interpretando las palabras del poeta romántico Friedrich Hölderlin.



151128_Hokusai_GrullasGrullas. Lecciones rápidas de dibujo simplificado. Hokusai, 1812
En esta lámina se refleja uno de los ejercicios favoritos del gran artista japonés: Dibujar una forma con un solo trazo de tinta.

 A comienzos del siglo XXI, la música popular que inunda nuestros oídos y ojos, ha acabado por convertirse en una industria cuyos productos se diseñan masivamente a través de amplios equipos humanos y complejos mecanismos matemáticos. Esas canciones que nos persiguen desde altavoces ubicuos y pantallas omnipresentes son el resultado del análisis exhaustivo de variaciones textuales y de la utilización de programas tecnológicos para la producción de melodías que resulten agradables. Se trata de un esfuerzo que busca enganchar a los oyentes, una actividad teñida económicamente en la que trabajan amplios y sofisticados equipos multidisciplinares.

Así, han acabado vendiéndonos como poético algo que carece del más mínimo halito sensible o intelectual. Un sustituto barato para el consumo masivo de una demanda creciente de referencias románticas. Algo parecido ocurre con las artes plásticas y la arquitectura. Hoy, estas artes se valoran solo y exclusivamente por su reflejo numérico contable o por su constante y calculada aparición ante nuestros ojos.

Cuando la producción cuantitativa de resultados acumulables ha acabado relevando a la creación sincera, observamos la sustitución de lo autentico por el constante apilamiento de basura, desechable casi instantáneamente. Si los propósitos de enriquecimiento predominan y sus esfuerzos para convencernos de la falsedad son evidentes el arte ya no está ahí, se ha convertido en publicidad, un anuncio casi un mecanismo para atraer la atención. Como dice el gran pensador japonés D.T. Suzuki: “la belleza desaparece, las feas manos humanas se hacen demasiado visibles”.

No por eso, la humanidad ha declinado en esa pretensión poética hacia la belleza. Es algo que siempre ha estado ligado a la trascendencia. Por eso  aspiramos a la acumulación de experiencias verdaderas, un elixir cada vez más escaso en este mundo dominado por el apilamiento agotador de sucesos, objetos y situaciones cotidianas cada vez más irrelevantes.

A este respecto, Martin Heidegger nos ha dejado un magnífico legado sobre el significado de nuestra inclinación al arte, un recorrido personal que colma ese aspirar a una comunión con los dioses. En un texto en el que reflexiona sobre un poema de Hölderlin nos presenta esa voluntad humana de lograr el acceso a experiencias singulares e irrepetibles que nos indiquen algún camino para interpretar lo inescrutable.

151123_GinkakuHi_01El Karesansui del Templo del Pabellón de Plata en Kyoto.
Este jardín de arena acompaña al famoso pabellón que servía de espacio de retiro y meditación para el Shogun Ashikaga. parece que fue diseñado por Soami y su característico cono de grava blanca trataría de rememorar el paisaje de aproximación al monte Fuji.

Decía Hölderlin en un poema:

“¿Puede, cuando la vida es toda fatiga, un hombre

mirar hacia arriba y decir: así

quiero yo ser también? Sí. Mientras la amabilidad dura

aún junto al corazón, la Pura, no se mide

con mala fortuna el hombre

con la divinidad. ¿Es desconocido Dios?

¿Es manifiesto como el cielo? Esto

es lo que creo más bien. La medida del hombre es esto.

Lleno de méritos, sin embargo, poéticamente habita

el hombre en esta tierra. Pero más pura

no es la sombra de la noche con las estrellas,

si yo pudiera decir esto, como

el hombre, que se llama una imagen de la divinidad.

¿Hay en la tierra una medida? No hay ninguna”

 

Y, efectivamente, “poéticamente habita el hombre en esta tierra“, como nos señala Heidegger excavando entre esos párrafos. Dice el filósofo sobre estos pensamientos:

“Cuando Hölderlin habla del habitar está mirando el rasgo fundamental del estar del hombre. Pero lo «poético» lo ve él desde la relación con este habitar entendido de modo esencial.
Esto ciertamente, no significa que lo poético sea un adorno y un aditamento del habitar. Lo poético del habitar no quiere decir tampoco solo que lo poético, de alguna u otra forma, ocurra en todo habitar. Las palabras «…poéticamente habita el hombre…» dicen más bien esto: el poetizar es lo que antes que nada deja al habitar ser un habitar. Poetizar es propiamente dejar habitar. Ahora bien, ¿por qué medio llegamos a tener un habitáculo? Por medio de edificar, como dejar habitar es un construir.”

Así, ambos parecen indicarnos que, ante el crepitar de fuegos fatuos que nos envuelve en la realidad contemporánea que nos ha tocado vivir, sería conveniente dedicarnos a indagar la manera de edificar experiencias verdaderamente enriquecedoras para nuestro espíritu.

Algo con lo que es muy laborioso comerciar en su irreductibilidad existencial. La construcción de lo auténtico es un don difícilmente racionalizable desde la cuantificación. Y, por tanto, no es medible con los parámetros al uso. Solo se alcanzan experiencias autenticas desde la subjetividad más absoluta.

Por ello, frente a la esclavitud de la economía, construyamos nuestro entorno poéticamente. Algo para lo que el dinero es inútil y prescindible.

 

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